domingo, 22 de marzo de 2015

5.2.1.7.b.

Octavo día de cautiverio. Intento terminar el subepígrafe 5.2.1.7.b. lo más rápido que puedo pero mi cabeza por algún motivo parece no rendir lo que acostumbra. Escribo estas líneas mirando al reloj, no puedo perder estos preciosos minutos. Algún desalmado me robó el tabaco en el metro el otro día y he tenido que bajar a comprar otro paquete, con el consiguiente trajín que ello implica: buscar en el montón de ropa un pantalón sin roña, descubrir que no hay ninguno, coger el vaquero que va con todo, ponérselo, calzarse las zapatillas, sudadera, adecentar el pelo, limpiar el cristal de las gafas con la manga de la sudadera tan limpia como el pantalón, coger llaves y rascar los bolsillos de tres abrigos distintos en busca de monedas sueltas, llamar al ascensor, darse cuenta de que la sudadera y el pantalón roñoso ni siquiera pegan, guiñar los ojos ante el impacto de la luz del sol, chocarse con la vecina y no pedir disculpas, arrastrarse hasta el bar, gruñir algo como saludo, pedir que te activen la máquina por señales, introducir las monedas en la ranurita una a una hasta dar con el importe exacto, coger el tabaco, gruñir algo como despedida, volver al portal, llamar al ascensor, esperar, subir a la planta correcta, sacar las llaves, por fin en casa. Con tabaco. Los diez minutos más apasionantes del día. De este puto octavo día de cautiverio en el que termino - ¡sí o sí! - el subepígrafe 5.2.1.7.b.



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