domingo, 26 de octubre de 2014

Qué difícil

    Qué difícil encontrar un lugar tranquilo en un día de lluvia en Barcelona donde tomar un café en la esquina de un bar pequeño y discreto en una mesa individual con una silla que no chirríe ni llame la atención. Qué difícil pasar desapercibido y al mismo tiempo captar la atención del camarero para poder empezar a escribir con calma. Qué extraño se hace ver a una persona joven y sola en una cafetería observando y escribiendo y qué confortable resulta, en cambio, cuando a esa misma imagen añadimos una taza de café sobre la mesa. Qué miedo la gente solitaria y cómo intentamos sacarles de su aislamiento, integrarles de cualquier forma, aunque sea con la triste compañía de un expresso caliente.
    Entonces con la taza en la mesa -demasiado grande por cierto-, a pesar de la incomodidad del ruido (ese murmullo de conversación, algún niño, los cubiertos chocando contra la loza de los platos), entonces, habiendo hecho las debidas concesiones al mundo, habiendo cedido una vez más El Artista que solo quería una mesa y una silla y una esquina donde ponerse a escribir, sabiendo que ese ceder crea una violencia consigo mismo, una violencia asumible e incluso necesaria, que llega al borde de la irritación sin explotar en ira o angustia sino que coloca el ánimo en la perfecta disposición para tomar el bolígrafo (iba a decir la pluma, qué pedantería), entonces se dispone a comenzar la escritura. Nota las miradas de un par de clientes, la pupila calculadora del camarero que se pasea por la estancia y se detiene unas milésimas de segundo sobre su persona. Es el código. Sabe que debe hacer algo: echar el azúcar, remover el café, beber un trago, restablecer el orden, para no asustar a los clientes. No se puede pedir y no consumir y escribir cosas que nadie lee, no se puede ir así por la vida, no se puede angustiar así a los consumidores ¡pobrecitos! que hablan del precio del menú, del horror de la lluvia en Barcelona, de las vidas ajenas, no se puede ser raro, no Señor. Al menos, Artista, beba café como todo el mundo.
    Bebe e intenta escribir de nuevo, ahora que los demás parecen haberse acostumbrado a su presencia y el murmullo suena de fondo sin interrumpir sus propios pensamientos y los críos se han largado. Busca una primera frase, con fuerza, ritmo, poética pero sencilla, directa, que brote del fondo de una emoción, del brillo de una imagen grabada en la memoria, y levanta la cabeza para recordar y olvidarse del papel en blanco y sumergirse en el recuerdo, en el recuerdo imaginado, por supuesto. Busca un punto de fuga, desde su esquina estratégica - no le molesta el extintor - para iniciar el ritual de retroceso al pasado, de observación virtual del tiempo pretérito. Busca ansiosamente el punto de fuga, su espíritu está preparado. La silla de madera blanca, no, las manos del camarero secando cubiertos, ¿la magdalena?, ja, la enredadera. La enredadera que recorre toda la pared con hojas verdes y hojas secas dejando al descubierto parte del muro desgastado, húmedo y gris. Magnífica enredadera en la que bucear y... una voz. Una voz nueva sobresale de entre los murmullos.

Ernest Descals
    Es grave, con el acento suave de un país exótico, las oes alargadas, las jotas aspiradas, las eses se deshacen en el aire, en un tono melancólico y subversivo. Habla de desengaño político, de identidad desgarrada, de orgullo y súplica, de un país profundamente amado, de exilio. La voz golpea al Artista, le reclama, le urge, le hace olvidar la enredadera y los recuerdos ahora parecen tan superfluos, teniendo cerca esa voz apremiante y apasionada. Despierta y vuelve temblando a la página blanca, empuña el bolígrafo preguntándose para qué todo, preguntándose si debería seguir escuchando esa voz agitadora, si debería gritar silencio para poder volver al recuerdo interrumpido o quizá entrar en la discusión enardecida de la voz apátrida o quizá olvidar el cuaderno, el punto de fuga, la mirada de los clientes, para hacer callar al mundo, la voz, con sus labios.
    Sorbe el café, ya tibio, y se relaja en su asiento. Tiene el ánimo cansado, cualquier palabra parece una cáscara vacía, y no sabe si pertenece a una emoción muerta o si es que en verdad nunca la hubo. Escribe y tacha, tacha frases enteras de las que no puede rescatar una palabra, y en esa tibieza que presagia el fin, los sentidos se desperezan. Escucha el hilo musical de la radio en el bar: un grupo pop de moda, esa canción tan pegadiza; huele el aroma del salmón que ha pedido la señora de la mesa de al lado, que lleva uñas rojas y come con la boca abierta; nota el bochorno en su piel y observa las gotas del día de lluvia en Barcelona golpeando los cristales. Saborea el último trago del café, frío, desagradable, mezcla de posos y azúcar, un café que no lo es, un intento de alargar la sensación de que, esta vez sí, será posible escribir algo. Quizá mañana. Quizá mañana pueda encontrar un lugar tranquilo donde pasar desapercibido y poder escribir aunque sea unas líneas en una esquina de un café. Ahora solo queda pagar la cuenta. Ellos ganan una vez más. Qué difícil ser artista.  

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