martes, 2 de septiembre de 2014

Arenas movedizas

Hace poco escuché una frase que no puedo recordar de quién es: "las excusas matan el arrepentimiento".

Todos los personajes de La hoguera de las vanidades caminan en el filo de la conciencia y asfixian su capacidad de arrepentimiento con una avalancha de excusas.

El autor, Tom Wolfe, dibuja unos perfiles tan realistas que parece haber creado personas libres, independientes del narrador, con personalidad propia. Bastan un par de detalles y unos adjetivos perfectamente seleccionados para introducir al lector en la psicología de los protagonistas y hacerle partícipe de sus debates internos. La retórica, los eufemismos y las justificaciones se dan, primero, en el pensamiento de los personajes y, luego, en sus acciones. Las palabras que eligen para auto-relatarse las situaciones determinan las decisiones que toman.
Estas decisiones, grandes y pequeñas, poco a poco, a lo largo de las seiscientas páginas, se entretejen con las excusas, que orientan las nuevas decisiones... y así, caminando por las arenas movedizas de la corrupción y el egoísmo, van cayendo sepultados todos los personajes. Solo la sátira magistral de Wolfe logra crear una distancia respecto a la narración y ver a los protagonistas como verdaderamente son: torcidos hipócritas demasiado cobardes para enfrentarse a sus miserias cara a cara llamándolas por su nombre.

Seres humanos, en definitiva.

Tom Wolfe - The New York Times.
El ejemplo más claro es el millonario Sherman McCoy, protagonista de la novela. Cada vez que se acerca al arrepentimiento o cuando se le presenta la oportunidad de expresar un sentimiento sincero, se llena de pánico, vergüenza y soberbia, para acabar huyendo de la verdad. Wolfe radiografía continuamente esta doblez moral, entre lo que piensa o siente el personaje y lo que dice: "-Gracias -dijo Sherman. Era horrible. Le estaba sinceramente agradecido." 

Otro ejemplo. Cuando parece que McCoy no puede caer más bajo, ni moral ni socialmente, decide traicionar a su amante (con la que ya traicionaba habitualmente a su mujer), grabando una conversación privada. En estas circunstancias, se da el siguiente diálogo con su abogado:



- Vale - dijo Killian-. Ahora estudiaremos lo que tienes que decir. De hecho, sólo necesitamos de ella un par de declaraciones, pero has de saber exactamente cómo lograr que las haga. ¿Vale? Empecemos.
Le señaló la silla de plástico, y Sherman se sentó, dispuesto a aprender el varonil arte del engaño. "Nada de engaños -se dijo a sí mismo-. Se trata de la verdad."

Wolfe es certero en las descripción psicológica de los personajes, no tiene piedad de ellos pero muestra sus matices y, presentando la inmoralidad, apela a la búsqueda de la verdad en la propia conciencia. Además, el libro tiene frases brillantes en cada página.
Mi favorita: "De repente salía a la superficie el cabrón que llevaba dentro." 
Sé que algún día esta frase me será útil.

2 comentarios:

Diego dijo...

Muy bueno. Siempre hay que tener un buen repertorio de frases rotundas y esperar paciente a que surja la ocasión adecuada. Y si no, provocarla.

Marina Pereda dijo...

Efectivamente. Solo que esta es tan buena y hay tantas ocasiones para usarla... tendré que elegir bien, no vaya a ser que acabe siendo un tópico. Es lo peor que podría pasar. Hay que andar con ojo.