martes, 8 de abril de 2014

Juan Pablo II

"¿Cuántas horas tenemos hasta la medianoche? Tres horas. Apenas tres horas hasta la medianoche y después viene la manaña."

Esta cita pertenece a un discurso que pronunció Juan Pablo II hace once años en Madrid. Es una digresión en medio de un texto perfectamente construido; son unas palabras espontáneas.

En youtube está el vídeo en el que el Papa pronuciaba esta frase, que aquí vemos tan bien redactada con sus puntos y comas. Ver este fragmento del discurso ayuda a contextualizar la cita. Juan Pablo II se paró, estaba agotado, no podía seguir hablando, y la gente empezó a aplaudir. Un diálogo imposible entre un hombre de ochenta años recordando la razón de su vida (merece la pena, dijo) y una masa de personas intentando mostrarle cariño de alguna forma. Comunicación nula. Él quiere hablar y, como con un viejo conocido, ellos están felices solo con verle. No puede seguir con el texto. Intenta improvisar, hacer una broma, insinuar que quedan pocas horas de luz y no podrá continuar leyendo. 

"¿Cuántas horas tenemos hasta la medianoche? Tres horas." La masa vuelve a la carga, gritan - insensatos, absurdos - que se quede, que no se vaya. Entonces él hace lo que siempre le caracterizó: olvidarse del cargo y dejar ver al hombre detrás del Papa.


Es solo un momento, pero creo que en este intervalo, en este hueco en el discurso, Juan Pablo II muestra sencillamente a un hombre al final de su vida. Ha dicho públicamente que tiene ochenta y tres años y acaba de recordar su ordenación sacerdotal - su decisión vital más importante. Cuando gritan que no se vaya, ellos dicen que se quede en Madrid. Cuando él oye eso, quizá piensa en su partida definitiva. "Tres horas..." Las voces de los jóvenes hieren, como hieren los recuerdos felices, como hieren las caricias de despedida. De hecho, todos los que estábamos allí acudimos convencidos de que sería la última vez que le veríamos. Pero nadie pensó en la melancolía de Juan Pablo II. La masa siempre olvida al individuo, incluso al que les unió. El diálogo era imposible. 

Después de un silencio denso, él parece recobrar la fuerza. Mira al frente y levanta la mano con la palma abierta, como calmando y bendiciendo al mismo tiempo. Marcando cada palabra, intentando seguir con la broma, dice: "apenas tres horas hasta la medianoche". Ese apenas es quizá el que muestra un cambio emocional, una rendija donde se cuela la tristeza. Pero sigue: "y después... ¡a la mañana!"

Efectivamente, el Papa celebraría una misa la mañana siguiente. Así se despreocupa de un plumazo, sigue con el discurso, termina el ligero desvío y la normalidad se impone. Dice "¡a la mañana!", enviándolo todo a freír espárragos, diciendo que ya habrá tiempo de volver a verse, que no es para tanto, que la cosa no termina aquí.

La palabra escrita es incapaz de igualar a la palabra hablada, pero siempre la ilumina y siempre nos interpela personalmente. Cuando la palabra escrita embellece la oral, decimos que es literatura. Para mí, esta frase tiene algo lírico.

¿Cuántas horas tenemos hasta la medianoche? 
Tres horas.
Apenas tres horas hasta la medianoche, 
y después viene la manaña.

Para los que sentimos el fallecimiento de Juan Pablo II hace nueve años, estas palabras están teñidas de melancolía, fuerza y esperanza. Para los que estábamos allí escuchando en directo, estas palabras no fueron más que un alivio cómico.

Quizá es en los márgenes de lo desapercibido, en los huecos de los discursos, en lo indirecto, en la ligereza de una broma, donde se encuentra lo más sincero. Quizá solo ahí podemos comunicarnos. Pero hay que escuchar atentamente, y leer de vez en cuando.

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