domingo, 9 de febrero de 2014

The Road

Sigo bajo los efectos de The Road, la película perfecta para uno de esos días en que tienes la garganta seca y áspera por el humo de cigarro.

"Pronto caerán todos los árboles", dice la voz de Viggo Mortensen al inicio de la película. 

Introduce al espectador en el lirismo y la tragedia del fin del mundo, describe un paisaje que no es un lugar geográficamente reconocible y, de alguna forma, con esta simple frase, nos traslada hasta él.
Pronto Primero conocemos la sentencia. Todo está decidido. Y, sin embargo, la frase continúa. Tiene que hacerlo.
Caerán es desplomarse, derrumbarse, dejarse llevar por la tierra que arrastra, no luchar, no poder, no querer, no saber mantenerse a flote. Es un verbo en futuro, en movimiento. Ni de pie ni ya en el suelo. Vacío. Ignorar cuándo acabará todo. Caer es la espera de un veredicto que se sabe inevitable y, por ello, terrible. 
Todos. El adjetivo de la verdad y la desesperación, de la limitación humana y la fragilidad. Con su poder absoluto, todos nos predestina a la muerte.
Los árboles, lo que siempre había estado ahí sin saber cómo, sin merecerlo, sin quererlo, sin ni siquiera intentar entenderlo, sin pedir nada a cambio. La vida en su pureza cristalina.
Caerán todos los árboles, nos dice el protagonista, o Cormac McCarthy, o el guionista, da igual: la puta vida en cualquiera de sus versiones.



Y, sin embargo, la película continúa. Tiene que hacerlo.

Padre e hijo caminan hacia el sur. El viaje de los protagonistas se intercala con flashbacks de su vida anterior, cuando la madre aún estaba con ellos. En el universo de The Road, el amor es una casa en ruinas, es la piel muerta de un recuerdo. Como dice Mortensen en un momento de la película, es difícil recordar las viejas historias de justicia. La humanidad caída se arrastra. Literalmente. Ya no hay nada que decir.

Muertos de hambre, de frío y de miedo, siguen adelante. Solo una cosa les diferencia de los caníbales y asesinos que aparecen en su ruta: se cuidan el uno al otro. Se cuidan porque sí, porque quieren, porque lo han decidido, porque quieren llegar al mar. Uno es padre y otro hijo. Son los últimos árboles que permanecen en pie, inocentes pero fuertes, con la mirada clara pero el arma en la mano, temblando de terror y abrazándose con ternura. "Tienes que encontrar a los buenos pero no puedes correr riesgos." El corazón al borde del desfiladero. 

"Cuando no tengo nada más, intento soñar los sueños en la imaginación de un niño." La esperanza que no es verde ni azul sino un océano de agua gris, la esperanza que hiere y sana al mismo tiempo, que está ahí pero que hay que proteger, esa esperanza que parece jirones de cielo arrancados con las uñas. La esperanza en la mirada de un crío perdido. Eso es The Road.

2 comentarios:

Alberto dijo...

Muy buena

María Del Rincón Yohn dijo...

La vi el año pasado a las 8 de la mañana... El desayuno que había tomado sí que casi cae totalmente. La puse en Goi y casi me linchan. Pero, evidentemente, tenía que gustarte; empezaba a pensar que nos gustaba lo mismo, mala señal.