sábado, 26 de enero de 2013

Fotografía

No me llevé la cámara de fotos, pero creedme. El sábado por la mañana, como a las 8, fui a la Abadía de Westminster. Salí del metro, subí las escaleras que llevan a la calle y me encontré con Londres.
El río Támesis en el medio y las Casas del Parlamento con Victoria Tower a un lado. Como en una postal, pero sintiendo el viento helado en las mejillas y siendo consciente de que era la primera persona en pisar la nieve intacta del Puente de Westminster, al menos por aquel día.

Fui a Londres a hacer un examen de inglés, así que no hubo mucho tiempo para hacer turismo. No pude ir ni a la mitad de los sitios que me gustaría haber ido ni a una cuarta parte de los lugares que "tía, TIENES que ver". Lo siento. Mi móvil no tiene cámara de fotos, la única razón por la que fui a la City fue por el título que me tengo que sacar y llevé mi maletita a cuestas durante todo el fin de semana. Así de poco cool soy, qué le vamos a hacer. Ya nos vamos conociendo.

Me quedé con ganas de volver. No me esperaba una ciudad tan bonita. Y eso que de pequeña vi Mary Poppins tantas veces que ni me acuerdo (más de quince, seguro). Supongo que Disney nunca me acabó de convencer y mi escéptica interior - que nació a la edad de ocho años, aprox. - susurraba "esto son decorados, la pasta que se gasta Hollywood en las películas, la magia de la Navidad..." Y puede que sea verdad, pero cuando ves la ciudad cara a cara, en un día de invierno, es inevitable girar la cabeza no vaya a ser que esté la vieja de las palomas detrás de ti, pidiendo dos peniques, no más.

Lo que me llamó la atención es que es una ciudad con edificios preciosos, calles anchas, paseos, plazas con estatuas. Como cualquier ciudad europea. Lo que algunos empalagosos llamarían una ciudad con encanto
Sí, me encantó Londres. Pero me encantó nevado y me encantó como una imagen guardada en la memoria,  como una fotografía que si toco demasiado se convertirá en un souvenir rancio de bola de cristal con nieve de plástico. Yo diría que la experiencia estética es inseparable de las circunstancias. Es decir, me parece imposible separar lo que vi con la situación que rodeaba lo que vi. Porque no es solo que lo percibiera con mis sentidos, sino que experimenté la ciudad.

El hecho de salir de un agujero gris del suelo como un bicho de la cloaca y encontrarme con la estampa helada del río despertándose, 
de los edificios puntiagudos mirándome casi orgullosos mientras se deshacen lentamente de su piel de escarcha,
mudando a la húmeda piedra cobriza, 
del sofoco, sudor y manos calientes al subir las escaleras con la maleta a cuestas, 
en medio del viento, la nieve y el vaho.

Fue solo una experiencia, fue solo un momento, fue solo una imagen. Pero creedme, eso es Londres.
Y esto es una fotografía.

3 comentarios:

Rubén Pereda dijo...

Lo del espíritu crítico a los ocho años no me lo creo... es más, podría demostrar que no es así.

Marina Pereda dijo...

No he dicho espíritu crítico, sino "escepticismo", y he indicado "aproximadamente" porque obviamente no tengo ni idea de cuándo surgió, pero en alguna edad tenía que colocarlo. De todas formas, me interesaría ver esa demostración.

Marta dijo...

Oh, ¡qué ganas de ir a Londres a pelarme de frío! Gracias por la foto, en mi caso, valen más mil palabras que una imagen.