sábado, 13 de octubre de 2012

Niños

En Manchester todos los edificios son de ladrillo rojo.

Hay muchas personas que odian la rutina porque creen que mata el alma y la creatividad. Puede ser. Pero también puede tener el efecto contrario. Hay cosas que se disfrutan más cuando se las mira de cerca, varias veces, en distintos momentos del día, o del año, o de la vida.
Por ejemplo, la palabra libélula. Es una palabra bonita. Y el animal es bonito también, creo. Sin embargo, si uno repite esta palabra varias veces, la descompone y descontextualiza (libélula, libélula, li be lu la, libe lula, li belu la) puede llegar a percibir otras connotaciones que en un primer momento no aparecerían. Por ejemplo, ahora me doy cuenta de que libélula suena a árabe; desconozco la etimología de esta palabra, pero pienso que podría perfectamente designar cualquier otra cosa - una especie de banqueta, quizá, o una prenda de ropa. Incluso un nombre de persona. Libélula Amenábar. O, mejor aún, igual no significa nada. Como si fuera una palabra-souvenir. Algo que uno tiene en algún sitio de la casa por si le apetece mirarlo de vez en cuando. De vez en cuando podríamos decir "libélula" sin venir a cuento, solo porque nos apetece.
Es fácil disfrutar de lo excepcional, pero también hay belleza en las cosas rutinarias, y las redescubrimos cuando nos detenemos para observarlas. Los fenómenos naturales inmediatos (los parpadeos, las lágrimas, los bostezos) o las interactuaciones entre dos objetos engrosarían la lista (los imanes del frigorífico, los grifos y el agua, el velcro que se pega y despega).
También los días. Hay días que por sí solos podrían no ser especiales, pero si uno los saca del "montón", los escudriña y analiza, pueden volverse únicos. Esto entra dentro de la teoría del redescubrimiento. Re-des-cubrir. Suele pasarnos con aquello que supimos en algún momento, probablemente en la infancia, que quedó cubierto por el tiempo y que ahora necesitamos recordar.
El cumpleaños.
Supongo que al cumplir un año, alguien pensaría "¿por qué todo el mundo se ha vuelto loco de repente y me regala todo esto? Igual soy especial" y seguro que llegaría a conclusiones apasionantes sobre la naturaleza humana. Pero es imposible acordarse. Luego, con el paso del tiempo, te vas acostumbrando. Te acostumbras a tener un día excepcional. Hasta que un seis de octubre, por ejemplo, te paras y repites varias veces: hoy es mi cumpleaños. Hoy. Mi. Cumpleaños. Hoy es mi... cumple. Y cuando llegas a la conclusión "cumple" es inevitable emocionarse un poco.
Porque cumple suena a infancia. Y de alguna forma re-descubres aquello que pensaste con un año.
Entonces, se te permite ser niño de nuevo. Es el día de asueto de los adultos. 
Redescubres la tarta de chocolate, provocas una extraña sensación en la gente, que les lleva a cantar en tu cara y dar palmadas al compás, algunos se sorprenden al verte y recuerdan que hoy. es. tu. cumpleaños. De alguna forma, te redescubren también. Y tú a ellos. 
Es un día al año en el que uno puede pararse, darse cuenta de que, efectivamente, es el centro del universo, reclamar la atención de la gente y no ser egoísta al hacerlo porque, simplemente, está redescubriendo que es un niño.
Aunque suene a tópico, creo que por eso los artistas tienen la capacidad de comprender de forma distinta la realidad en la que viven, y llegar a conclusiones que se les escapan a los adultos. Lo dijo ya Saint-Exupéry. Para mí, esta intuición quedó demostrada en Bristol, la ciudad donde celebré mi redescubrimiento y donde se permite que los niños pinten en las paredes.









Por eso, cuando alguien dice "ladrillo rojo, ¡qué horror!" suelo pensar "bueno, depende de quién lo mire". Pero no digo nada y sigo comiendo mi tarta de chocolate.

3 comentarios:

Marta dijo...

Muy chulo, gracias por compartirlo. Muacks!

Marta dijo...

Muy chulo, gracias por compartirlo. Muacks!

Marina Pereda dijo...

Gracias Marta!
Pero... ¿por qué siempre comentas dos veces? ¿eres como el cartero de la película?
¿Actualizarás tu blog con anécdotas y peripecias de tu último viaje?
:)