jueves, 13 de enero de 2011

Control

En diciembre pude experimentar una situación algo vergonzosa-educativa. Fue durante una comida de clase. Yo estaba sentada entre un profesor y un compañero, ambos amantes de la música en general y de un grupo en concreto: Joy Division. Por esos cauces transcurrió la conversación durante toda la comida. Yo, en medio, que no había oído nunca hablar de semejante grupo ni de nada que se le pareciera, me iba encogiendo en mi asiento, aplastada por mi propia vergüenza, silenciada por la ignorancia, ahogando mis complejos y humillaciones en el alcohol (habían puesto un vino tinto muy rico, la verdad).
Pero logré superarlo y, días más tarde, una fuerza interior mayor de la que nunca hubiera imaginado me llevó hacia la fuente de toda sabiduría: Google. Tecleé las once letras del grupo inglés y la omnisapiente Wikipedia sació mis ansias de conocimiento, devolviéndome así la dignidad perdida y ayudándome a mejorar mis relaciones sociales.
Hace poco, los astros se conjugaron e hicieron que pusieran en la televisión la película de Control (Anton Corbijn, 2007), sobre Ian Curtis, líder de la banda antes mencionada. Entendiendo que era una señal clara y evidente, una conexión inexplicable, me acomodé en el sofá para verla.
Y, sin embargo, me decepcionó un poco.

Me decepcionó porque el personaje de Curtis me parecía lo suficientemente interesante como para que se profundizara más en su conflicto interior. Apenas se trata su relación con el resto de los miembros del grupo y, lo que duele un poquito más, su relación con la música. Te deja con las ganas de saber un poco más sobre él, de intuir al menos qué se le pasa por la cabeza.
Creo que esto sucede porque el guión y la producción son de la entonces esposa del cantante, Deborah Curtis, de forma que toda la historia está centrada en la infidelidad de Ian y la trama central acaba siendo el "triángulo amoroso".
Aunque, como ya he dicho, la decepción no fue muy estrepitosa. La fotografía, las imágenes de los conciertos, la actuación de Sam Riley y la "escena de premonición del suicidio", cuando Ian está hablando con un miembro de la banda, me parecen espectaculares.

1 comentario:

Raquel dijo...

Lo mejor en esos casos es cambiar sutilmente de conversación (o efectivamente darse a la bebida).

Se nota que ya vas volviendo a tu ser y las entradas van teniendo más vidilla. Ahora mismo voy a buscar información sobre el grupo.

¿Para cuándo el coloquio de Origen? Por cierto el jueves vamos a ver "Las horas", ¿te apuntas? Dile a Alicia!