domingo, 2 de diciembre de 2007

la hermosura de un cuadro

No me deshago del Gombrich que, misteriosamente, apareció un día en casa (creo que los trapicheos de mi hermano Diego tuvieron algo que ver... y no puedo dejar de alegrarme por ello). Hoy voy a intentar describir una de las ilustraciones, a mi entender, más bonitas que aparecen en este volumen. Se trata de "Retrato de mi madre", de Alberto Durero.
Es un dibujo hecho con carboncillo (quizá alguien más experto me pueda corregir) con gran detalle y delicadeza. Representa a una anciana mujer de ojos grandes y saltones, nariz prominente y labios apretados. Su delgadez causa repugnancia en una primera impresión, se marcan los pómulos y la clavícula; quizá por eso me guste tanto. Rompe los cánones tradicionales de belleza, no es una mujer guapa, ni siquiera agradable, pero es una mujer real.
Me hace pensar que, cada edad, cada etapa de la vida, tiene su belleza, y Durero supo captarlo en este dibujo, sin disfrazar ni adornar, lo más bello que existe es la verdad, la realidad.
Transcribo las palabras del profesor E. H. Gombrich acerca de este dibujo:



"Su verista estudio de la vejez y la decrepitud puede producirnos tan viva impresión que nos haga apartar los ojos de él, y sin embargo, si reaccionamos contra esta primera aversión, quedaremos recompensados con creces, pues el dibujo de Durero, en su tremenda sinceridad, es una gran obra. En efecto, de pronto descubriremos que la hermosura de un cuadro no reside realmente en la belleza de su tema."

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