lunes, 5 de noviembre de 2007

luz

Era verano. El sol iluminaba incluso el último recoveco de las piedras de la montaña. Ella subió pensativa a la cima, cargando con su gaita nueva. Los árboles llenaban las laderas y en la redondeada cúspide, comenzó a tocar. De pie, con el cabello al viento y los ojos fijos en el mar. El agua se fue tornando en color gris ceniza. El viento se enfureció, arrancando varios árboles a su paso; mientras, ella tocaba. La luz del sol tiñó los campos de rojo fuego, y las hojas cayeron. Era otoño. Hinchó de aire sus pulmones e, impasible, continuó su canción, con los ojos en el cielo. Los blancos copos cubrieron la cima de la montaña y las ramas de los desnudos, raquíticos árboles. Era invierno. Ella miró de nuevo la naturaleza triste, y una melodía suave surgió del instrumento, barriendo las laderas con un manto de vida, brotaron las hojas y germinaron las semillas. Era primavera. La última nota, nítida y triste, se rompió en mil pedazos, deshaciéndose con el sonido del viento, el rumor del arroyo y el susurro de las hojas. La gaita resbaló entre sus dedos. Cayó al suelo, desplomada, yerta, gritando en silencio.

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