martes, 23 de octubre de 2007

princesas

Hace poco escuchaba en una conocida canción, un verso que decía "las niñas ya no quieren ser princesas", y entonces descubrí la epidemia que está infectando lentamente a la juventud actual. Muchas veces me he preguntado porqué los jóvenes adolescentes, casi niños, persiguen la felicidad en un vaso de Ginebra, como canta Sabina; o porqué hay quienes buscan el amor en un sucio y oscuro tugurio con olor a porro y orín. Creo que por fin he dado con la respuesta: hemos perdido la capacidad de soñar, y con ella, de luchar. No existen los ideales, sino las ambiciones (un importante puesto de trabajo que engorde mi cartera, o mi prestigio, o mi capacidad intelectual o mi ego; a lo sumo, ambicionamos un amigo o una familia que nos escuche y ayude). Nunca soñamos con cambiar el mundo, ni con cambiar nosotros mismos, no soñamos con dar a no ser que recibamos algo a cambio. Hemos perdido la inocencia, la sencillez, ya no queremos ser princesas ni capitanes de barco..."¡sé realista!", dicen. ¿Qué es ser realista? Creo que lo hemos confundido con el pesimismo. Lo triste, lo duro, lo difícil, es lo real; la felicidad, la satisfacción, la alegría, es fantástico, "optimista", utópico. Son los sueños el alimento de la esperanza, la motivación en la lucha; no me refiero a sueños absurdos o imaginaciones irrealizables, me refiero a los sueños que deben empujarnos cada día a trabajar, a mejorar, a tener un objetivo por el que hacer las cosas. Este espíritu debería caracterizar a la juventud; sin embargo, está ahogado por el ansia de lo inmediato, la búsqueda desmesurada e incontrolada de placer en todos los sentidos, la falta de reflexión... Todo esto hace que, en la mayoría de ocasiones, cuando queremos actuar, cuando de verdad intentamos cambiar las cosas, no sepamos cómo hacerlo o nos acobardemos ante el temor de fallar, de equivocarnos (otro día hablaré de la importancia de los errores). Creo que nosotros, que aún tenemos la vida por delante y mil experiencias que vivir, no podemos acomodarnos, convertirnos en borregos. 

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